Cuando viajas te encuentras con personas y lugares que te muestran una gran enseñanza. En un instante el tiempo se para y te sientes realmente tú. ¿Te ha ocurrido esto en tus viajes?
Viajar no siempre debe ser una carrera por «marcar lugares» o seguir una lista de «las 7 mejores cosas que ver».
¿Has dejado atrás esa presión por cumplir un itinerario y en su lugar, atreverte a explorar sin mapa, a perderte entre sus callejones y descubrir pequeños tesoros?
Más allá de las guías de viaje, que me encantan.
Las guías de viaje me encantan porque me sirven de brújula y están escritas por gente viajera que conoce el lugar. Suelo estar al día con una de mis tiendas favoritas cuando estoy en Madrid, ahí te dejo el enlace
Y ya en el destino me dejo invadir por mi actitud viajera y dejar que el lugar me guíe.
Me gusta decir que es “viajar con el corazón abierto”.
¿Te ha pasado que lo que más recuerdas del viaje fue lo más inesperado, sencillo y local?
Con esa actitud me encontré con ella.
Caminaba con un sol radiante que me hacia sudar por todos los poros de mi piel. Escuchaba el ruido de las motos y mucha gente de acá para allá.
En medio de mi caos mental por llegar a no sé que lugar, estaba ella. Sentada en el suelo, en una especie de porche de madera antigua al lado de la entrada al templo. Vendía flores para ofrendas a los altares. La miré y con su mirada tranquila, me transportó a la calma y a la sabiduría de una vida vivida. Sucedió en Nepal.
Es en esos encuentros cotidianos viajeros donde se esconden los momentos más memorables del viaje.
En sus gestos simples, en personas locales, en calles con historia escondidas y olvidadas porque no hay ningun monumento que ver cerca. Es ahí donde a veces ocurre la magia.
El verdadero viaje no está en los monumentos, sino en las conexiones que creamos con las personas del lugar y sus tradiciones.
Con esto no quiero decir que no visito lugares históricos lo que quiero contarte que el viaje va más allá, aunque creo que si estás aquí leyendo esto ya lo sabes, querida viajera o viajero.
Viajar lento y sentir más.
Cuando te olvidas de las listas de «qué ver», surge otro viaje, el tuyo.
Nepal no se trata solo de sus templos famosos, sus rutas de trekking o de meditar a Buda o Ganesha.
Se trata de caminar por sus mercados, de probar el «dal bhat»(comida típica en Nepal) en una tiendecita local, de compartir un té con desconocidos. De comprarte una camiseta con un Buda dibujado, entablar una conversación con la familia y escuchar sus historias del lugar, de aventurarte en lo local.
De viajar.
Viajar lento nos permite estar presentes, saborear el momento y olvidarnos de sacar la foto.
Ese momento se queda dentro, solo para tí, para expresarlo con tus palabras llenas de la emoción del momento y transmitir lo más profundo de tu viaje, tu vivencia interior.
Estos son los momentos que hacen que un viaje sea verdaderamente transformador.
Nepal no es un lugar para «ver», sino es un país para «sentir».
Si te atreves a aventurarte más allá de las recomendaciones típicas y dejas que el viaje te sorprenda, descubrirás que cada encuentro tiene algo que enseñarte.
Así que la próxima vez que estés en un lugar nuevo, lleva tu guía de viaje y luego simplemente… ¡déjate llevar!.
Namasté querida familia.